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Bienvenidxs a la Asociación de Solidaridad con Colombia Katio. Contacto: infokatio@asokatio.org

Relato de Miguel Segovia, acompañante internacional, sobre su viaje de acompañamiento a comunidades campesinas de Colombia durante las pasadas navidades, junto a otras compañeras de ASOC-Katío y de la Comunidad Sto. Tomás de Aquino (miembro de la Comisión Ética):

La música invade cada rincón de Puente Nayero. En la puerta de cada casa potentes altavoces a todo volumen dan lo mejor de sí en la que quizá sea una de las noches más importantes del año. Algunos vecinos optan por la salsa, otros por el ballenato o el reaguetton, sin embargo, resulta complicado distinguir una canción con claridad, puesto que todas suenan a la vez y el ruido es considerable.

Miro a mi alrededor y observo extrañado esta costumbre. Es cierto que a mí tanto barullo me resulta algo molesto y me pregunto si a ellos no les pasará lo mismo. Pronto descubro que la pregunta es absurda. Se les ve felices, sonríen, bromean y bailan y la verdad es que no es tan complicado de entender. Por primera vez en muchos años en esa calle el ruido de la música sustituye al de las balas.

Quedan apenas unos minutos para que el reloj marque las doce y empiece un nuevo año. Todavía me cuesta hacerme a la idea de que estamos en navidades, quizá sea porque estoy en manga corta y hace bastante calor o quizá porque por primera vez en mi vida, quien tengo a mi alrededor tal día como hoy no es mi familia sino una mezcla pintoresca de colombianos y españoles.

 

El cielo parece caerse a pedazos, como si se derrumbase. La lluvia inunda cada porción de espacio, caen gotas a toda velocidad y el estrépito se funde con el sonido que sale de los altavoces. En España nunca había visto llover así, sin embargo aquí, en esta ciudad a orillas del Pacífico Colombiano, parece ser bastante habitual. Chaba, una de las lideresas del Espacio Humanitario en el que me encuentro, me comenta que es normal, que todos los años el 31 de diciembre llueve intensamente hasta las 12 de la noche, y que al entrar el nuevo año, repentinamente para. Me explica que es porque el cielo llora y despide a todos los muertos que hubo durante el año, yo le escucho divertido, tomo un trago de cerveza y me quedo absorto mirando a la lluvia. Jamás había vivido unas navidades así, y no puedo evitar acordarme de cómo empezó todo.

 

Fue en un aula de la Universidad Carlos III de Madrid.  Yo acudí bastante indiferente a una de las muchas charlas de la Semana de la Solidaridad por la promesa del crédito que te daban por estar presente y que tanto necesitaba para acabar mi carrera. Sin embargo, el destino es caprichoso, y esa charla -y especialmente aquella realidad que comenzaba a aparecer ante mis ojos- me atrapó hasta el punto de cambiar radicalmente el destino de mis navidades y de algún modo también el de mi vida.

Aquel día, miembros de la Asociación Katío nos explicaron parte de la problemática que afecta a miles de personas en Colombia, un país donde abunda la riqueza pero la pobreza reina, que vive una eterna guerra entre ejército, guerrilla y paramilitares y dónde la violencia, la injusticia y la mentira parecen haberse apoderado de cada parcela de la realidad.

El problema en cuestión, causa a la vez que consecuencia del conflicto, las injusticias y la violencia, podría resumirse en una sola palabra: Tierra. Esta tierra es rica, rebosante de naturaleza y vida y en ella, en pequeñas comunidades y aldeas, viven campesinos e indígenas que por siempre se han encargado de cultivar, conocer y cuidar cada porción de terreno. Sin embargo, la virtud de esta tierra -su riqueza natural- es a la vez el motivo de su condena, pues codiciosos terratenientes y empresarios se afanan por arrebatar tan rico territorio a los campesinos e indígenas que desde tiempos ancestrales las han habitado. Esto provoca el desplazamiento forzoso de personas -unas 5 millones desde mediados de los años 80- que abandonan su tierra, su hogar, sus costumbres y que son condenadas a una vida de desarraigo, muerte, dolor y mentiras.

Para expulsar a estos campesinos e indígenas y así poder iniciar los proyectos empresariales -plantación extensiva de palma de aceite, explotación de grandes minas de oro,  tala de árboles y selvas milenarias para obtener madera de gran calidad, etc.- los terratenientes y empresarios normalmente se sirven de paramilitares -algo parecido a bandas de sicarios cuyos miembros muchas veces son los propios militares del ejército- quienes asesinan e intimidan a aquellos que se oponen a abandonar sus casas y cultivos o a los que denuncian el robo, el despojo y la destrucción. Los bosques desaparecen, los ríos se contaminan, la selva se transforma en pobre rastrojo y la naturaleza y la vida -de animales, árboles pero también de humanos- se convierte en muerte y desolación. Mientras tanto, el gobierno, lejos de proteger a estas gentes, es cómplice en silencio de la barbarie -se han demostrado nexos de senadores, alcaldes y ministros con el paramilitarismo- y la feroz corrupción, instaurada en cada estamento del Estado, hace imposible discernir la verdad y la justicia de la mentira y la humillación.

Es muy triste observar esta cruenta realidad, más aun, teniendo en cuenta que estos campesinos e indígenas desplazados tienen una conexión muy profunda con una tierra que no sólo les pertenece sino a la que pertenecen. Es su historia y también su vida, una parte inseparable e intrínseca de ellos mismos que comprende una concepción del universo donde los hombres dialogan con los ríos y las estrellas, donde los árboles y las plantas parecen contar secretos milenarios acerca de sus propiedades y donde los animales, la vegetación, el fuego y el agua viven un equilibrio difícil ya de encontrar en nuestras "avanzadas" sociedades occidentales.

Todavía recuerdo escuchar sorprendido aquella charla que nos dibujaba toda esta realidad tan compleja y como a raíz de la misma decidí viajar como voluntario para hacer labores de acompañamiento internacional a esta población desplazada, que, armándose de valor, ha decidido iniciar un camino de vuelta a sus tierras, sirviéndose de la creación de "Espacios Humanitarios" -terrenos que recuperan, donde vuelven a construir sus comunidades, y donde se prohíbe la entrada de actores armados- para poder vivir con dignidad.

Es cierto que hace relativamente pocos días comenzó mi viaje y sin embargo, dado la intensidad del trabajo realizado cada día aquí, pareciese que hayan pasado ya varios meses. Al principio mi destino fue Camelias, una Espacio Humanitario en la región de Curvaradó. Allí pude conocer líderes campesinos como Marco Velázquez, Mario Castaño, Uriel Tuberquias y Maria Ligia, que luchan a pesar de sobornos y amenazas y cuyas historias, al menos para mi, resultaron el impulso necesario para que, dentro del contexto asfixiante de injusticia y dolor, mereciese la pena unirse a su lucha y creer en el ser humano. Después, tuve que venirme a Buenaventura, una ciudad a orillas del Pacífico donde los asesinatos, los tiroteos y las casas de pique -casas en las que cada cierto tiempo paramilitares asesinan a personas de la manera más cruenta, desmembrando su cuerpo con una motosierra para que los gritos atemoricen a todo el barrio- tienen amedrentada a una población que vive en un contexto de violencia y muerte difícil de digerir. En una de las calles de esa ciudad -la calle Puente Nayero- se ha creado recientemente una Zona Humanitaria -la primera que es urbana y no rural- y desde entonces, sus habitantes han conseguido con muchas dificultades, con la ayuda internacional, y sobre todo con una valentía y determinación que sorprende, expulsar a los paramilitares y así poco a poco poder volver a vivir con dignidad.

De repente los gritos me devuelven al presente, el reloj acaba de marcar las doce, empieza el nuevo año. Me abrazo con mis compañeros de la organización y poco a poco gente de toda la calle se acerca a felicitarnos el año y a darnos las gracias. Nos repiten una y otra vez que por primera vez en muchos años pueden celebrar la navidad. Se les ve felices, se emborrachan, ríen y bailan. Miro al cielo y compruebo que efectivamente ha parado de llover. No puedo evitar esbozar una sonrisa. Me acuerdo de García Márquez y su realismo mágico, ahora lo entiendo todo mucho mejor. Apuro el último trago, no para de venir gente. Comprendo lo necesaria que es la paz.

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